Al igual que las llamas y los troncos incandescentes de una chimenea, también los animales me provocan un irremediable deseo por observarlos, sin motivo aparente. Más de una vez me he preguntado el por qué. ¿A qué pregunta le estoy buscando respuesta?

Quizás sea un mero esfuerzo por meterse en la piel del que te mira de reojo, salta, te ofatea, nada o se desliza entre las ramas, por el simple hecho de intentar entender qué siente. A lo mejor me pica la curiosidad por averiguar cómo ha llegado a adoptar ese aspecto y de qué le sirve tras tantos años de evolución darwiniana (por cierto, ya vamos por el 150 aniversario de la publicación de "El origen de las especies').

Lo mismo tiendo a idolatrar a cada ser por sus manifiestas cualidades "sobrenaturales"... ¡qué paradoja, cuando no los hay más naturales que ellos! Pero hay que admitir que todos hemos soñado alguna vez con tener la rapidez de un guepardo, la vista de un águila o la fuerza de un oso.
Y para soñar con los ojos abiertos no hay mejor manera que sentirse un poco animal en el Zoo Aquarium de Madrid.

Siempre da lástima ver a esa selección de 6.000 animales de los 5 continentes privados de libertad y expuestos al desgaste continuo de los visitantes ávidos por llamarles la atención. Pero en este caso me llevé una grata sorpresa por la limpieza de las instalaciones y el aparente cuidado con que se trataba a la fauna.


En los inicios, allá por el 1770, lo que se conoce hoy como zoo, se situaba en el Parque del Retiro, en la "Casa de Fieras". Aún hay restos de aquellas instalaciones, hoy deshabitadas, que pueden verse en este pulmón de la capital. Los animales allí expuestos procedían de las colonias americanas, pero también de Asia, África y la propia Península. Una veintena de años después pasó a emplazarse el Zoo en su actual ubicación, donde a día de hoy, ocupa lindando con la Casa de Campo una extensión de unas 20 hectáreas.


Muy recomendable el delfinario y su espectacular show, el enorme acuario y el pabellón de naturaleza misteriosa. Nada adecuado, en cambio, elegir un día de calor para visitar a los huéspedes, porque muchos están más aletargados sesteando que el propio perezoso. Aaaaaguaaaa!! ¿Ese camello está pidiéndose un Trina en el chiringuito? ¡No me jorobes, que yo iba primero!!
Y muy recomendable también ir acompañados de niños... porque de sus miradas quizás se adivine mejor el porqué de esa fascinación por nuestros adorables vecinos.

