Hay momentos en los que uno fuerza cambios para poder tomarse las cosas con mayor calma. Opta por alejarse del árbol para ver algo más de bosque y decide reparar primero en aquello que ha ido aplazando durante meses... porque los días no daban más de sí, porque la cabeza estaba ocupada la mayor parte de la jornada con asuntos que acabaron por no aportarle nada al que suscribe. Llegado a un punto sin retorno, nada viene mejor que frenar en seco y abrir el grifo del tiempo. Sin prisas, sin carreras, sin relojes. La cantidad necesaria para reciclar ideas y airear el ambiente. Y para eso hay que reposar antes, darle al reset, olvidarse de todo lo superfluo y volver a buscar la sensación que se tiene al encarar un folio en blanco. Luego vendrá el análisis y la reflexión. Y más tarde, espero, las ganas de seguir trazando algún camino.
Por ahora sigo con el programa de prelavado, que he dedicado a salir, a reencontrarme con amigos, a ayudar en aquello que he podido, a la familia, al sol, a conocernos, a correr, a distraerme con lo que me hace sentir bien, por muy insignificante o absurdo que parezca. Trastear con vídeos olvidados, ordenar fotos, retocar mi habitación, abandonar viejos trastos, actualizar mi blog...
Y todo en pequeños sorbos, saboreándolo, dándole la importancia que se merece, trago a trago, disfrutando.
Fácil saber de cuántos sorbos cayó la caña, ¿no?