Este va dedicado a mi madre, que sabe que no soy yo muy fan de la cuchara, pero de vez en cuando me corrijo.
jueves, 28 de enero de 2010
Cociditos en Madrid
miércoles, 20 de enero de 2010
Calentando para el 2010
Antes una necesaria pero rápida y simple transformación: ropa cómoda, un reloj, música para el camino y zapatos de correr. Caliento y arranco motores. Comienza la carrera.
Sorteo a paseantes, salto bordillos y cruzo calles, siempre cuesta arriba, hasta llegar al Retiro. El sudor recorre mi espalda, las primeras gotas se deslizan por las sienes.
Durante el trote de regreso me doy cuenta de que el aire que inspiro es justo el necesario para mover mi cuerpo sin excesivo esfuerzo, los pulmones no se quejan, las pulsaciones se mantienen a la frecuencia exacta para sentir el bombeo alegre de mi corazón. El mismo músculo que me lleva en volandas a ningún lugar me invita a continuar la marcha. Algo busca.
En pleno movimiento, sin prisa pero sin pausa, alcanzo el equilibrio, físico y mental. Ahora estoy en blanco, conmigo mismo, completamente solo en un lugar repleto de gente. Entiendo que me hace bien. Veo que ya es la hora.
Los demás propósitos no los cuento... pero pueden entreverse en la carrera anterior.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Ho ho ho
un guante blanco que asoma al cristal,
trae traje rojo, un gorro mojado,
y una barriga que no le va mal.
Como antesala, usa chimenea,
y barba blanca como identidad,
reparte al mundo y lo saborea
porque trabaja sólo en Navidad.
Con nerviosismo y un pucherito,
tras ciertas muecas, respeto y pavor,
llegó el regalo, parte de este rito
y el desconcierto se tornó fervor.
Valió la pena volver a soñar,
aplicarse cuentos, volar a un lugar
en el que nadie debiera extrañar
al niño que ayer le hizo jugar.
Que paseis unas Felices Fiestas en Laponia, Kuala Lumpur o donde quiera que estéis. Disfrutad de este nuevo año 2010 que se nos avecina y no perdáis nunca ese brillo que se reflejaba en vuestros ojos cuando hacíais volar la imaginación... ¡Un abrazo! Ho-ho-ho.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Monológico
¿Un baño dónde? ¿En el mar? ¡En el mar! ò_ó
¿Y quieres que yo me bañe ahí? o_o
Vamos a ver, no me toméis por un bicho raro ni por un gallina, que bañarme me baño en la playa si hace falta. Pero tranquilo, lo que es tranquilo en el agua no estoy. Después de dejar atrás la orilla evitando pincharme los pies con las conchas rotas, desliarme de las algas que se quedan pegadas a uno al entrar y hacer como que no he visto los peces que se adivinan al trasluz nadando sobre las crestas de olas, por fin consigo estar dentro. :S
“Bueno, yo ya si eso voy saliendo”
“Pero tío, si acabas de entrar…mójate siquiera el bañador!”
Bien, pasamos al siguiente nivel dentro de la bella y gratificante experiencia que supone el contacto con esta masa ingente de H2O salada, llamada mar: ¡Vámonos a lo hondo!
Llega el momento en el que me adentro en el mar y no hago pie, no toco fondo, levito, floto. Y ahí estoy yo, en medio del mar. Y ahí están ellos, debajo del mar y alrededor mía. Y no los veo. Y ahí mismo, mecido por el incesante oleaje que tan seguro me hace sentir, empiezo a recordar bellas historias como la que cuenta que los tiburones son atraídos por sangre, chapoteos y movimientos erráticos, que la raya tiene potentes aguijones con punta en la cola por los que segrega veneno, me acuerdo de las tiernas medusas, de las siempre juguetonas morenas… ò_ó
Con lo bonito que es un paseo por el campo, acariciar a un cervatillo, correr ladera abajo, respirar el aire limpio (sin agobios), incluso tropezar con un tronco, resbalar y caer de bruces…
Que me pase a mí algo así aquí, donde estoy, en medio del mar. Un calambre en las piernas, un corte de digestión, una buena ola, el efecto de las mareas y las corrientes marinas, un tsunami! ¿Y qué hago? ¿Llamo por el móvil a emergencias? Ay no, justo ahoooora no lo llevo encima, que me lo he dejado en la toalla debajo de la sombrilla (jooder, no está lejos la sombrilla!). ¿Los socorristas? ¡Venga ya! ¿A qué me agarro? Aquí no hay ni una mísera rama, ¡ni una barandilla! ¿A la cola de la raya? ¿O espero a que venga Flipper y me rescate? Porque de Willy, la verdad, no acabo yo de fiarme del todo. ¡Coño, que es una orca asesina!
No queda otra que asumir que estoy solo ahí fuera. Yo y el mar. El mar y yo…y 10.000 bañistas más. Me armo de valor y decido hacerle frente al gigante azul, nadando a crol a contra ola, desafiando a Neptuno y a todos los personajes de la Sirenita, valiente, tenaz, orgulloso, casi homenajeando al primer Tiktaalik que ya no me parece un pariente tan lejano… cuando de repente trago agua. Huuaaghg. Pfuajj. Y chapoteo. Y moqueo. Y me acuerdo de los tiburones y dejo de chapotear. Y me quedo sin aliento.
Y cuando me quiero dar cuenta, estoy de vuelta en la orilla, con la idea clara de que lo que he dejado atrás no es un espacio natural para el hombre…o al menos para mí.
Y piso la arena de nuevo, para sentirme seguro.
Intento buscarle una explicación a esta fobia, me paro a pensar y me sorprendo identificando exactamente las mismas sensaciones y miedos en tierra cuando, por ejemplo, voy caminando entre una muchedumbre incontrolada, donde me doy un incómodo e indeseado baño de masas. O en el momento en que me vendan los ojos y no sólo dejo de ver el fondo del mar, sino todo lo demás. Cuando alguien me pide que debo dejarme llevar y siento vértigo, parecido al que provoca la marea cuando es fuerte, o cuando la vida me da un revolcón y no sé a qué agarrarme, como en medio de un océano embravecido.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Volar sin alas
Este tuvo una mezcla de todos esos ingredientes, que tuve el placer de descubrir cuando tras un intrigante viaje en metro y taxi, "aterrizamos" por fin en el lugar más apropiado para utilizar esa misma expresión, pero en otro contexto.
Siempre me gustó volar y estaba claro que en esta ocasión repetiría... ¿Quién no ha soñado alguna vez con batir los brazos y despegar del suelo como si fuese una pluma llevada por el viento? Cierto es que hasta hoy es poco probable que esto ocurra, pero tenemos medios para acercarnos: con un avión? en ala delta? parapente? ultraligero? paracaídas? No señor, el elegido para mi sorpresa fue este coqueto helicóptero!
Tras unas breves (pero necesarias) indicaciones sobre seguridad y plan de vuelo a cargo del piloto, presentación de los pasajeros, abrochado de cinturones y chequeo sobre el funcionamiento de las comunicaciones radio (cómo molan los cascos y el micrófono - ese sonido típico de película, todos hablando con todos, oyendo la torre de control, ¡cambio!), despegamos...
¿Cómo? ¿Ya? Casi sin percatarnos de las circunstancias, más que por el ruido del rotor, nuestra libélula particular se había echado a volar guiada con suavidad por las manos expertas de nuestro guía aéreo. A diferencia de un despegue en avión, aquí el momento de elevarse en el aire no pudo resultar más liviano. Eso sí, una vez arriba, impresionaban los giros que el piloto nos brindaba trazando círculos para mostrarnos detalles de los alrededores a vista de halcón.
Hasta una exclusiva de calibre paparazzi para nuestros ojos: esto que véis aquí arriba son los escenarios que se construyen para la grabación de la última peli del Potter. Una pena que no sea muy conocedor de la saga, pero sirva de regalo para el público freaky.
¿Y el aterrizaje? A buen entendedor, pocas palabras... bueno, un poco de video basta. ¡Comprobad por vosotros mismos!
¡Una maravilla! El manejo del aparato para guiarlo con el preciso trazado que quería el piloto al punto exacto elegido resultaba sorprendente. Una sensación de control absoluto en un medio tan etéreo como el mismísimo cielo, una experiencia que no olvidaré, un regalo para enmarcar allí donde comparten sitio los sueños y los buenos recuerdos, aquellos a los que les basta con un poco de aire y una pizca de ilusión para hacerse realidad. ¡Gracias!